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Políticamente correcto, gramaticalmente idiota

24 noviembre, 2011 Deja un comentario

Por Jesús Alonso

Siempre ha habido un punto en el que, socialmente, se han puesto barreras a la manera de decir las cosas: en efecto, como cualquier escolar medianamente avisado sabe, existen los llamados tabús (palabras o expresiones consideradas malsonantes, degradantes o, simplemente, desagradables) que se sustituyen por el correspondiente eufemismo (literalmente, “hablar bien”) que lo enmascara.

El tabú, que no responde a ninguna lógica o ética sino a la situación social, va cambiando con el tiempo y, así, ya no es tabú (me guío por los medios de comunicación) decir o escribir “culo” en lugar de “trasero”, pero sí lo es decir “negro” (decimos, por ejemplo, subsahariano), “muerto” (decimos fallecido), “cáncer” (decimos tumor)…

Por otra parte, el eufemismo que sustituye al tabú tarde o temprano se contamina del significado que trata de evitarse decir y así, “water”, que pronunciamos habitualmente como “báter” y que era una eufemismo cuando llegó al español, esta siendo sustituido por lavabo o servicio, ya que se ha contaminado de la vulgaridad de sus predecesores: letrina, retrete, etc.

Así pues, el tabú cambia con el tiempo y el propio eufemismo puede transformarse en tabú.

En cualquier caso, cuando hablamos de tabús la elección de la expresión es, digamos, voluntaria: depende del hablante y de lo que quiera decir y cómo quiera decirlo: recuérdese que existe el antieufemismo (que es usar el término tabú en un contexto donde se esperaría un eufemismo) y el disfemismo, que es sustituir el término tabú por otro término aún más crudo: “estirar la pata” por morir, “meadero” por lavabo, etc.

Lo políticamente correcto, sin embargo, hace hincapié no en la voluntad del hablante, sino en una presunta culpabilidad del lenguaje y, por ello, se le impone al hablante la obligación de forzar su manera de expresarse si no quiere pasar por lo que no es.

Si mi memoria no me es infiel, fue en los discursos de los dirigentes sindicales donde empecé a oír expresiones como “compañeras y compañeros”, “amigas y amigos” y demás expresiones para quedar bien en lugar de los habituales “compañeros”, “alumnos”, “extremeños” o lo que se tercie.

Más tarde empezó una campaña -absurda – sobre el presunto sexismo del lenguaje y empezaron a usarse, incluso ministerialmente, palabros tales como “jueza” o “miembra”…

Ya antes, por alguna traición del inconsciente, se decía “modisto” en lugar de modista, como si el sufijo -ista, acabado en a, hiciese menos viril a un hombre futbolista o mileurista y hubiera que decir “futbolisto” y “mileuristo” para referirnos a ellos.

Las palabras “juez”, “miembro” o “pianista” son comunes frente al género y no indican masculino o femenino salvo por el determinante que se les ponga delante. Perdóneseme la obviedad.

Otra manifestación de lo políticamente correcto es la negación de términos neutros en aras de un intento de no herir susceptibilidades. Siempre se hizo: a los bajos se nos llama “bajitos” cuando se nos quiere bien y otro tanto ocurre con los “gorditos”, aunque bajo y gordo sean términos neutros que solo describen la complexión de una persona. Ahora, sin embargo, hay que decir “[persona] con un problema de sobrepeso” o “que tiene problemas con las drogas o el alcohol” si no queremos ser tachados de insensibles. Otro tanto ocurre con “subnormal”, reducido a la categoría de insulto a despecho de su origen etimológico, “paralítico” o “ciego”, aunque los ciegos no se sientan mejor con “invidente”.

Los apologetas de lo políticamente correcto quieren, pues, enmendarle la plana a la lengua en lugar de tomar otras medidas para mejorar la sociedad: es obvio que decir “jueza” o “miembra” no lo hacen, pero sí el hecho de que haya, efectivamente, mujeres que son jueces, médicos, ingenieros o miembros de un parlamento.

Apunto otra hipótesis: creen que cambiando el lenguaje cambia la sociedad. Son nominalistas malgré eux: es al revés: cambiando la sociedad cambia el lenguaje.

Por ello, yo me temo que “·político” y sus derivados estén a punto de convertirse en términos peyorativos, por lo que la expresión “políticamente correcto” sufre el serio peligro de devenir una expresión malsonante.

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